¿Qué ha sido de aquellos lugartenientes de Dios?

Tiempo atrás, los reyes eran elegidos por Dios. Que el Señor nombrase a los reyes para ejercer de delegados suyos en los asuntos mundanos investía a las realezas de legitimidad sobrenatural. El pueblo, menos temeroso de la ira de Dios que la de la Iglesia, el rey y sus esbirros, se consolaba haciendo de la triste realidad una voluntad divina de piadoso acatamiento. A esa actitud del pueblo la catalogarían hoy de indefensión aprendida seguida de alivio por disonancia cognitiva.

Con el paso del tiempo, el pueblo tomó nota de las enseñanzas de Jesucristo –dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios– y se convino que Nuestro Señor se ocuparía únicamente de los asuntos intangibles de la fe; el resto sería competencia de los mortales. En Francia, para desgracia de la aristocracia, la consigna se aplicó de forma muy radical: las gentes dejaron de ser súbditos sometidos a la tiranía del rey para pasar a ser ciudadanos sometidos a la tiranía de los políticos. Y empezaron a rodar aristocráticas cabezas, algo que nunca habría imaginado a principios de aquel mismo siglo un prestigioso Rey Sol de infausta memoria.

Cuando se habla de reyes y monarquías, a los republicanos catalanes en seguida nos viene a la mente la inefable dinastía borbónica, y no podemos evitar pensar en el aciago prestigio de Luis XIV –aquel Borbón, «Lugarteniente de Dios»– y la escuálida fama del Borbón Felipe VI «El Preparado», que en vez de ser nombrado por Dios nuestro Señor, Rey de los Cielos y de la Tierra, ha heredado la corona por ser el espermatozoide más rápido de un coito de Juan Carlos I «El Campechano», monarca elegido por un general golpista, Caudillo de España por la gracia de Dios. Así es que en el Reino de España ya no hay una vía de comunicación con el Reino de los Cielos sino con el Valle de los Caídos: el jefe de Estado español es el lugarteniente de Franco en la dimensión de los vivos.

Por continuar con la tradición dinástica, y ejerciendo a la perfección su papel borbónico, en unos pocos minutos, un 3 de octubre, Felipe «El Preparado» se ganó la irreversible enemistad de los catalanes, ese pueblo díscolo que lleva siglos intentando perder de vista a la familia de Su Majestad. En el primer tercio del siglo pasado, cuando parecía que lo estaban consiguiendo, les jodió bien jodido el invento un general bajito que se hizo llamar Caudillo de España, de voz aflautada, bigotillo y –según se dice– ejemplar de un solo testículo. Como tenía uno solo (como el agujero de la flauta de Bartolo), los fachas no pueden narrar sus hazañas cuarteleras con ese “…y con dos cojones, Franco…” . Justicia poética.

¿Y qué es hoy, de la familia real española, en pleno siglo XXI? Una comedia allegra ma non troppo. El emérito padre, el campechano cazador de elefantes que parece ser que mientras le iba dando gustito al pizarrín con poco disimulo, se hacía de oro mangoneando comisiones sin la discreción recomendable, gracias a sus amiguetes del este del Mar Rojo. La emérita consorte, hija de un rey y una princesa, discreta y resignada. Su nuera majestad –antes plebeya, una periodista que ambicionó algo más que aparecer en público como currante de los telediarios de TVE– impidiendo que la emérita aparezca con sus rubias nietecitas, unas imágenes que se hicieron virales en las redes sociales. Sus rubias altezas, la mayor, sucesora al trono gracias a una modificación exprés de la intocable Constitución; la otra, una simple infanta que ya tiene bien resuelto su futuro.

Felipe VI –el último Borbón que habrá reinado en las Españas según mis pronósticos– cuenta con dos hermanas y unos cuñados con unos historiales que parecen sacados de una teleserie latinoamericana. La hermana mayor, por culpa de una ley sálica, no ha podido suceder a su campechano padre, privando así a los españoles republicanos de una venganza del destino en forma de reina digna de aparecer en una de las desmadradas historias de Monty Python. ¡Una lástima! La otra hermana, enamorada –quizás ahora ya no tanto– de un jugador de balonmano con el que se casó para goce y disfrute de ella y oportunidad única de él de conseguir un sustancioso patrimonio por la puta cara. Jueces y fiscales no han podido disimular tanto descaro, aunque sí que hacen todo lo posible por no incomodar a la real institución con asuntillos de familia sin importancia. Aunque nadie le ha visto, se dice que el revocado duque de Palma está en la cárcel cumpliendo condena. Y su fiel esposa, «La Desinformada», desterrada de La Zarzuela y trabajando para La Caixa, fruto de una amistosa relación entre el banco y la Casa Real –no lo suficientemente amistosa, parece ser, como para evitar que el Estado le coaccionase retirando miles de millones de depósitos para que trasladara su domicilio social fuera de Cataluña (https://www.ara.cat/es/economia/estado-saco-miles-millones-depositos-bancos-catalanes-2-O_0_2101590016.html).

Ya veis en qué se han convertido aquellos antaño lugartenientes de Dios. Sic transit gloria regum.

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