Noviembre

Marianne

Las barbaries cometidas contra la humanidad conmocionan a los bien nacidos de cualquier parte del mundo, suceda donde suceda, sin importar el color o el credo de las víctimas. Lo que pasa es que  la inmensa mayoría de nosotros no tenemos alma de santo, somos tan elementales que reservamos nuestros sentimientos más profundos para lo familiar y cercano. Los atentados de París hicieron que las familias y las amistades de los ciudadanos que fueron absurda y cruelmente asesinados se convirtieron para muchos de nosotros en personas muy próximas. ¿Cómo es eso? Pues porque muchos de nosotros — los que tenemos una (in)cierta edad— estudiamos francés en el Bachillerato;  nos gustaba la música francesa; leíamos y mirábamos revistas francesas; en verano nos juntábamos con amigos franceses; íbamos a Perpiñán a ver el cine que aquí se nos prohibía y a comprar aquellos discos que nunca llegaban a España. Francia, nuestro vecino, simbolizaba la libertad que anhelábamos. Francia y su cultura, siempre muy cercanas. Y porque París es mucho más que la capital del Estado francés. Nos pertenece un poco a todos porque simboliza unos valores que hemos hecho nuestros: la revolución burguesa, Liberté-Egalité-Fraternité,  la República, la Résistance, Mayo de 1968… Cultura y Libertad.

A nadie le debería extrañar que  muchos de nosotros hayamos dicho públicamente,  y sin ningún complejo, Aujourd’hui  je suis français!

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