Estupidez y meritocracia

“¡Igualdad! -oigo gritar al jorobado Torroba. ¿Querrá verse sin joroba o nos querrá jorobar?”

estupidez-enchufe3

Este post es una humilde muestra de admiración al ingenio de algunos autores que, con gracia y finura, exponen sus teorías sobre situaciones que, lamentablemente, son una realidad demasiado frecuente en muchas organizaciones. Había pensado etiquetarlo como un desvarío porque me parece que el desenfado en materia de gestión de las organizaciones no está nada bien visto entre los especialistas del tema, sobre todo por aquellos que sacan partido de la estudiada solemnidad con la que empaquetan su retórica. Cuando tenía bastante avanzado el texto de esta entrada me di cuenta que la coplilla que la encabeza encierra más sabiduría que muchos de los manuales que se pueden encontrar en las secciones de management de las grandes librerías. Así que he decidido publicarla aquí con la etiqueta de gestión, por la fina ironía que destilan las teorías que se transcriben, por el nivel intelectual de sus autores y porque soy militante del buen humor también en el trabajo.

Una aguda concepción de la estupidez

En su divertidísima y muy breve obra “Allegro ma non troppo”, el profesor Carlo Maria Cipolla (ahórrense el comentario jocoso, se pronuncia Txipol·la) enuncia las renombradas leyes fundamentales de la estupidez humana (LFE), utilizando un método de análisis que es una parodia de los más concienzudos modelos económicos, para demostrar que la persona estúpida es “…el tipo de persona más peligrosa que existe… es más peligroso que el malvado” (5ª LFE), es aquella persona que, con un comportamiento imprevisible, “… causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio” (3ª LFE). “Il proffessore” nos advirtió que en cualquier lugar podemos topar con este peligro porque “la probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona… (2ª LFE)…la estupidez es una prerrogativa indiscriminada de todos y de cualquier grupo humano, y tal prerrogativa está uniformemente distribuida según una proporción constante“.

Teniendo en cuenta que “siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo” (1ª LFE), en cualquier organización está garantizado que, tarde o temprano, nos daremos de narices con una persona estúpida. Y eso será muy perjudicial para los no estúpidos, porque éstos… subestiman siempre su potencial nocivo (el de los estúpidos)…olvidan constantemente que en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/ o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error” (4ª LFE).

Hagamos caso al profesor Cipolla y evitemos la influencia de las personas sobre las que tengamos la mínima sospecha de que forman parte del peligroso grupo de los estúpidos, ahorrándonos riesgos innecesarios. El consejo también es válido si se da el caso de que, aún siendo conscientes pero sin admitirlo, nosotros mismos también fuésemos unos estúpidos.

El principio de Pitt

A propósito de los estúpidos infiltrados en las organizaciones, el premio Nóbel de Economía Paul Krugman enunció en The New York Times en el año 2002 “el principio de Pitt”. Harvey Pitt, que fue presidente de la Comisión de Valores y Cambios de USA (nombrado por George W. Bush), había designado a William Webster como encargado de la junta de supervisión, un organismo de control que tenía que ser inflexible con las operaciones especulativas irregulares.

A William Webster le tocó ser el responsable del comité de control de la US Technologies, una compañía que fue demandada por inversionistas que se sintieron estafados. Pues bien, el tal Webster, cuando salió a luz el affaire, en vez de investigar en profundidad qué sucedía, tuvo la genial ocurrencia de despedir al auditor que había revelado el fraude. A este zafio modelo de complicidades en los organismos supervisores le llamó Paul Krugman el principio de Pitt, que viene a ser como un complemento del principio de Peter. El principio de Peter (Laurence J. Peter), lo recordamos, dice que “En una organización jerarquizada, ya que los ascensos se usan como una forma de recompensar a los empleados que se consideran más competentes, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”, Es por esta razón por la que los administradores acaban fracasando. Y el principio de Pitt nos dice que “Algunas veces, la incompetencia de los administradores es exactamente lo que pretenden conseguir quienes les nombran“.

Sobre el principio de Pitt, Josep Maria Ruiz Simon, en un artículo en La Vanguardia, apostilló que  “también hay una excelencia en la estupidez, y la meritocracia no siempre le da la espalda.”

Una variante del principio de Peter, pero con más mala baba, es el principio de Dilbert (si, si, ese, el de las tiras cómicas) que dice que los empleados incompetentes son ascendidos intencionadamente a cargos directivos para limitar los daños que pueden llegar a producir (al producto, a los clientes, a los empleados, etc.). Según este principio, algunos cargos superiores de una organización tienen muy poca relevancia en los resultados globales y en la evolución de la entidad.

“La jerarquía debe ser preservada” (Laurence J. Peter)

regadera

Parece ser, pues, que la incompetencia no sólo no es un motivo de despido o un obstáculo para ascender, sino todo lo contrario, mientras que la gestión eficaz y competente sí que conduce a la marginación y el despido, porque subvierte el orden establecido, amenazando a la jerarquía.

En una misma organización lo habitual es que, simultáneamente, se constaten las leyes de la estupidez y se den las situaciones que describen los principios de Peter, Pitt y Dilbert: personas estúpidas que surgirán inesperadamente para impedirnos desarrollar nuestro trabajo con normalidad; estúpidos deliberadamente ascendidos a cargos que sobrepasan sus capacidades haciendo de ellos unos estúpidos incompetentes, a menudo con el único fin de que fracasen o dejen de molestar, personas competentes marginadas porque la inteligencia es un peligro para el orden establecido,…

Un remate: las organizaciones dinosaurio de Rogowsky

dinochina11

Itamar Rogowsky, de quien ya hablé en este blog,  llama “organización dinosaurio” a aquella en la que la orden que da el cerebro para dar unos pasos llega a las extremidades con tanto retraso que siempre es tarde para evitar el accidente; y al revés, cuando se está dando batacazos, antes de que el cerebro se aperciba ya se ha lastimado irremediablemente. Así les fue a los dinosaurios cuando empezaron a caer los meteoritos: se extinguieron.

La organización dinosaurio es el escenario ideal para que  la meritocracia mal aplicada y la estupidez campen a sus anchas. Seguro que todos nosotros tenemos en mente algunos ejemplos que servirían de modelo.

Lamentablemente esto es así, los hechos lo demuestran. ¿Necesitamos más ejemplos de incompetencia e irresponsabilidad que los que día sí y día también aparecen en los medios de comunicación? Por no hablar, de momento, de otras anomalías.

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4 responses to “Estupidez y meritocracia

  • los sueños de la razón / El semanal de anotaciones (

    […] leer que, entre otras cosas, puede ser beneficioso para no caer en la carrera de la Estupidez y meritocracia sobre la que reflexiona Jaime Pérez Santos recuperando las diferentes teorías explicativas de la […]

  • Lluís K

    Es, sin duda, el más desalentador y deprimente de cuantos posts ha escrito en este noble espacio de original contenido, Sr. Zara, Einest Zara.
    Cipolla, el que “tiene la polla roja como una amapola” (rima con Txipol.la, no?), es un perdedor!!
    Nos instruye e ilustra de la situación sin dar más solución que abstraerse y esconderse de la estupidez, pero… que ocurre si ésta estupidez invade una organización formando una metástasis de características soberbias o incluso históricas?
    Como pueden combatirla, los genes no infectados?
    Como pueden detectarse profesionales tipo “L-casei defensis inmunitas” en las capas bajas, medias y altas para unirse contra el cancer, sin que el virus te descubra y te aplaque?
    Si lo único que podemos hacer es encerrarnos en nuestros despachos, evitando ser contagiados, bendito sea el Señor y Gracias, Cipolla!! (sic)
    Pues no! no me quedaré en el despacho… Con sable en la mano y con el escudo de la especialización y la ilusión (Oda a Sant Jordi que ya asoma su nariz) pienso recorrer a pecho descubierto los despachos más contagiados, los pasillos más víricos, los foros más bacterianos, las reuniones más degenerativas y las compañías más parasitarias, hasta morir en el intento de crear o dar con una corriente que extirpe de forma meridiana y cirujana, la tontería, la ineptitud y la desilusión colectiva.
    En un dia de recuerdo republicano como el de hoy, déjenme expresar palabras de aliento y esperanza: “Tornarem a sofrir, tornarem a lluitar, tornarem a vèncer!”

  • einestzara

    Caballero Lluís K, confieso que el texto entre paréntesis, al inicio de mi post, donde sugiero el ahorro de comentarios jocosos a costa del apellido del profesor Cipolla, lo hice, precisamente, pensando en su predisposición al chiste fácil con el apellido del ilustre historiador. Hoy ha hecho usted lo mismo que el personaje Jaimito en aquel chiste en el que, al no ocurrírsele ninguna obscenidad que empezase con la letra “e”, suelta aquello de “¡enano, pero con los cojones así de grandes!”.
    Continuando en un tono acorde con el suyo, le diré que ya me imagino qué clase de sable blandirá su diestra en su cruzada y la textura del “L-casei defensis inmunitas”. Así pues, le aconsejo que no vaya usted a pecho descubierto como pretende. Hágame caso, protéjase de posibles contagios y use un buen escudo. Los hay para muy diferentes tipos de combates. Y luche y venza, pero no sufra, que estas guerras están pensadas para alegrar el cuerpo y el espíritu.
    Espero que mi “audiencia” sea tan comprensiva con mis desvaríos como buen sentido del humor le presupongo a usted.
    Como siempre, gracias por participar en este rinconcito de libertad.

  • Lluís K

    Resultas genial, Einest (espero que me permitais, en este instante, el tuteo), tanto o más que mi afilada estilográfica virtual.
    Dios le guarde mucho tiempo cerca de mi, iluminando mis recovecos cerebrales (grandes como las cavernas creadas en el paleoceno)

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