No nos conocemos de nada, nos estamos presentando por primera vez, se trata del trabajo, nada que ver con frivolidades de nuestras vidas privadas. Entonces, ¿a qué viene que se me eche encima para darme dos besos, ¡muac! ¡muac!, simulando un afecto que no existe y que, muy probablemente, nunca existirá?
Es una costumbre muy de aquí, dicen. Gente de carácter, no como esos nórdicos frios y distantes. ¡Vaya! Pues a mí me parece muy bien esa fría y distante costumbre de saludar a las mujeres de la misma forma que a los hombres y lo que me parece mal es esa familiaridad precipitada por unas circunstancias que no la justifican. Qué papelón hay que soportar cuando se saluda a un grupito mixto y mientras que a los hombres se les da un apretón de manos, a las mujeres se les da un par de besos. A la apenas iniciada relación se le añade una absurdo y, sobre todo, innecesario componente sexual.
En mi caso, para empeorarlo, si el encuentro se lleva a cabo en mi territorio y la dama en cuestión usa gafas, como yo acostumbro a llevarlas siempre puestas mientras trabajo, el fastidioso choque de prótesis es inevitable, a no ser que las mejillas no se toquen y besemos el aire. Que de esas también las hay; o de las que se te acercan tan decididas para luego ponerte la oreja en vez de la mejilla, o de las que te clavan el pómulo en el ojo. “I know how you feel… it’s sealed by your kiss, so clinical and weak” (August Darnell “Kid Creole”). Digo yo que, en vez de fingir ese afecto, es mejor dar la mano y mirarse a los ojos, ¿no? Por favor, acabemos con esos estúpidos besos de compromiso.
Y quienes de verdad sientan afecto, que aprendan de mi amiga Isa, que da unos besos en la mejilla auténticos, con cariño y ganas, de los que te hacen pensar que qué bonito es tener amigas así.